martes, 22 de marzo de 2011

La crisis de los hoteles

Once de la noche, los vidrios del auto están empañados, las respiraciones se agitan cada vez más. El faje está a pelímetros de ya no llamarse faje, y sabes muy bien que no te pueden llevar otra vez a los separos por coger en el carro. Valoras costo mordida-hotel y decides largarte al más cercano. Llegas al estacionamiento y como ya estás a unos pasos de la habitación, pues sigues calentando, qué más da. Se bajan (del carro) y van a la recepción. Bueno tú te esperas un poco porque la tienda de campaña no te lo permite. Respira 1,2,3… Ya… puedes bajarte. Subes las escaleras del estacionamiento subterráneo y al alzar la mirada te topas a cinco parejas  mal encaradas. Y ahí vas, a preguntarle a la gorda de la recepción si tiene habitaciones. Los que están ahí te miran pensando “obvio no pendejo, o no estaríamos aquí parados”. Te dicen que te formes, volteas a ver a tu chica y te pone cara de ¡no mames! Se van. Se suben al carro, no espera ni a que le abras la puerta y corren a buscar otro hotel. No, ese no, está muy pinche, cómo sabes, te pregunta tu chica, pones la mejor cara y le dices “no mi amor, es que se ve feo por fuera”, hace como que te cree, y te señala uno más adelante. En tu cabeza recuerdas el precio y no te parece tan caro, pero qué más da, en estos momentos no importa el varo. Sí mi amor, vamos, se ve bonito, contestas. Esta vez ya no cometes el error del precalentamiento, se bajan en chinga, suben las escaleras y… mmmta, tres pinches parejas. Te pones a pensar si realmente vale la pena tener a tu chica ahí, junto al gordo rapado de 25 años con camisa a rayas desfajada, botas picudas y un nextel sonando todo el tiempo, reafirmando en su mente que la vida de narcomenudista que le permite tomarse una Buchanan’s del sellito rojo y sacarse a la mejor puta del congal vale la pena. Mientras, la flaca que no deja de besar y abrazar, entallada en su vestido negro diminuto, se la pasa haciendo cuentas mentales para saber si no hubiese ganado más en privados y copeo y no estar perdiendo el tiempo con sólo los 5 mil pesos que le dio el gordo. No sabes ni a donde voltear. La pareja de lesbianas que hacen que Charlize Theron y Cristina Ricci se vean guapas en Monster te ven feo. A un lado, el chavito de 18 que lleva a su novia con su hijo recién nacido, que van para revivir el romance en una habitación con jacuzzi, porque en la casa de su suegra ya está medio incómodo follar, y más con las jetas que le ponen sus cuñados y la abuelita, porque a su suegro realmente le vale madres, total, es otra de sus tres hijas que salió embarazada de un bueno para nada. El mesero te quita de la entrada de la recepción con un codazo, mientras casi se le cae el plato con los restos del cóctel de camarón y las papas fritas que un judicial dejó a la mitad, pues se le estaba subiendo la grasa mientras se tiraba a una niña de 16 años que recién había llegado de Tlaxcala a las pasarelas de La Merced, y que recogió en una esquina con el pretexto de llevarla al MP, pero después le ofreció el trato. Sí, la calentura te hizo quedarte, esperar 40 minutos y ponerte a pensar en todas esas pendejadas.

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